«Paimon» (2022) de Leire Mauleón

LOS REYES DEL INFIERNO (2022)

Tras compartir con vosotros «Magister» el primer relato de la antología «Los Reyes del Infierno» nacida como iniciativa para Halloween #RetoHalloweenBK22, tengo el placer de compartir con vosotros un relato que me ha llegado de la escritora Leire Mauleón. Desde este pequeño rincón de internet quería agradecer su participación y felicitación por tan interesante relato para el que he realizado unas ilustraciones mediante AI que espero que sean de su gusto. Yo he disfrutado muchísimo maquetando para mi web esta breve pero intensa narración de terror y demonología.

«PAIMON» (2022) relato de Leire Mauleón

Repasó todos los símbolos una vez más. Estaban perfectos, ERAN perfectos. Todo estaba como tenía que estar: el círculo de sal, los símbolos en tiza a su alrededor, las velas negras encendidas en número impar, las gotas de su propia sangre trazando un segundo círculo que contenía el primero. Sin embargo, no funcionaba. Maldita sea, NO FUNCIONABA.

Se sentía engañada. Había pasado años buscando aquel libro. Todos los manuales de invocación conocidos eran patrañas para engañar a los incautos. Mentiras llamativas y en ocasiones crueles y sangrientas cuya única función era promover un negocio y esquilmar a los crédulos. Pero ese libro no, ese libro era diferente. No estaba en ningún catálogo, en ningún registro. Su existencia no era más que un rumor en círculos arcanos muy celosos de su intimidad y ella lo había perseguido tenazmente durante muchos años, lo había sacrificado todo hasta conseguirlo. Y resultaba ser tan falso como todo lo demás.

Se puso en pie con esfuerzo. Su propio cuerpo le pesaba y le costaba moverse. No tenía nada. Nada. Toda su vida había estado encaminada a ese momento y ahora que había fallado, su existencia se revelaba carente de sentido. Lo había tenido todo tan claro… De repente, no tenía ni idea de qué iba a hacer cuando el sol saliese al día siguiente.

Apagó las velas y abandonó el sótano. Subió las escaleras hasta el cuarto que le servía de dormitorio. Observó el jergón en el suelo, las paredes desnudas. Soltó una carcajada amarga. Lo había dado todo por ese libro y no iba a conseguir nada a cambio. Se tumbó y se tapó con la manta raída. No tardó en quedarse dormida.

***

Le ardía la piel. El aire le quemaba al bajar por su garganta. Sentía que los pulmones se llenaban de llamas. Intentó tragar saliva y notó que su boca estaba seca. Abrió los ojos y contuvo un grito. ¿Dónde estaba? ¿Qué había sucedido? El viento cálido le revolvía el pelo y tuvo que cerrar los ojos de nuevo cuando la arena se le metió en ellos. Se abrazó las piernas y hundió su cabeza entre las rodillas. “Esto solo es un sueño, una pesadilla.” Abrió los ojos despacio y volvió a mirar a su alrededor. Aquello no era su cuarto. “El fracaso de la invocación me ha afectado hasta el punto de provocarme alucinaciones.”

Una idea se coló en su cerebro. ¿Y si no eran alucinaciones? ¿Y si la invocación sí había funcionado? Se puso en pie con rapidez. Cierto, había esperado que dentro del círculo se materializase algo o alguien, pero igual no era así como funcionaba. Tal vez se convertía en una puerta que había que cruzar. Frunció el ceño. Recordaba haber subido a acostarse, no había entrado en el círculo… Por si acaso, se miró las plantas de los pies. Estaban sucias.

Piensa.” Estaba claro que, dormida, había bajado al sótano y había entrado en el círculo, uno que ya no era tal, sino que se había convertido en un portal hacia otro lado. ¿Hacia cuál? Lo lógico sería que hacia el dominio de aquel al que había intentado convocar. Paimon… El más leal a Lucifer, su segundo. Así pues, debía estar en el infierno. Giró sobre sí misma. Dunas de arena ardiente se extendían más allá del horizonte, en todas las direcciones. ¿Eso era el infierno? ¿Un desierto infinito y vacío?

Forzó la mirada. ¿Dónde estaban los condenados? ¿Dónde estaban los demonios que torturaban sin descanso a las almas? Estaba sola. Ni tan siquiera aquel al que había convocado aparecía ante sus ojos. ¿Para qué valía entonces la invocación si la llevaba a un paraje desolado y vacío?

Echó a andar hacia un cielo rojo. Perdió la memoria del tiempo que llevaba caminando antes de caer rendida. Tenía hambre y sed. Le dolían los pies descalzos y sentía que la piel se cuarteaba, los labios estaban agrietados y sangraban. Pensó que aquello había sido todo. Moriría durante el sueño o despertaría en su casa casi en ruinas para enfrentarse a una vida estúpida y sin sentido.

***

Volvió a abrir los ojos a un cielo rojo. Jirones de piel se desprendieron de su cuerpo cuando se levantó, quedando pegados a la arena ardiente. Intentó ponerse en pie y cayó de rodillas. Tenía las plantas llenas de ampollas. Intentó llorar, pero no tenía lágrimas. Intentó gritar, pero no tenía voz. Se puso en pie con esfuerzo y echó a caminar, sin estar segura de si seguía el mismo rumbo que había tomado el día anterior. Tras ella, huellas sangrientas desaparecían borradas por el viento.

***

No sabía cuántos días habían pasado. No había sol ni luna, jamás había oscuridad ni llegaba a ser un día claro. Siempre parecía vivir dentro de una roja tormenta de arena ardiente. No quería mirarse los pies porque estaba convencida de que las heridas le llegaban hasta los huesos. Su piel estaba cubierta de ampollas y tenía miedo de acostarse a descansar porque sabía que al despertarse perdería jirones de piel. Los ojos le ardían. “Que se acabe, por favor, que se acabe. Sea como sea, que termine ya.”.

***

Había perdido el recuerdo de quién era o qué buscaba. Solo caminaba y soportaba el dolor. Entonces, algo cambió. “Gente, hay gente.” Intentó acelerar el paso, apretando los dientes para no gritar. Cerró los ojos y giró la cabeza cuando llegó, tapándose el rostro con las manos, aunque no podía evitar escuchar.

―¿Ahora que puedes ver, no quieres mirar?

La voz era dulce, como miel destilándose en su cerebro. Sin embargo, se negaba a abrir los ojos. Era tal el horror que había sentido que se sentía incapaz de presenciar de nuevo aquella imagen.

―Abre los ojos. ¿Qué sentido tiene que estés aquí si no? ¿No querías ver, no querías saber? ¿Y ahora cierras los ojos?

La voz era como un canto de sirena que la atraía sin remedio, aunque supiera que abrir de nuevo los ojos era naufragar. Dirigió su rostro hacia la voz y entonces obedeció. Contempló un rostro masculino joven y bello, de facciones suaves y delicadas, largas pestañas, labios carnosos y mirada dulce. Olvidó los dolores y el cansancio y el horror contemplado. Aquellos labios se curvaron pronto en una sonrisa maliciosa.

―No puedes olvidar lo que acabas de ver.

Su mente se llenó en un torbellino de imágenes: madres devorando a sus hijos mientras los amamantaban, hombres cortándose trozos de su propio cuerpo, mujeres arrancándose los ojos, gente despedazándose entre sí. El ruido regresó a sus oídos: lloros, aullidos y gruñidos, ruido de mandíbulas masticando, chasquidos de látigos, sierras cortando… Creyó volverse loca.

―Me convocaste porque querías saber. Pero en tu mundo no se puede saber. Tu mundo hace imposible el conocimiento, no lo soporta. Por eso estás en el mío. Yo puedo enseñarte todo, darte arte, darte ciencia, darte la verdad. La ÚNICA verdad. La pregunta es si la quieres, si estás dispuesta a pagar el precio.

―¿Cuál es el precio?

―¿Qué precio querría cualquier demonio?

―Mi alma.

―Tu alma.

―¿Es el precio que pagaron ellos?

―Ellos… —La sonrisa se agrandó.—. Ellos pensaban que iban a otro lugar. Son unos pobres estúpidos. Paga el precio, obtendrás el conocimiento que buscas y podrás marcharte. Déjame decirte la primera verdad, como regalo: el infierno no es castigo eterno. No castigamos a aquellos que nos adoran y reniegan de un dios dictador y autoritario. Esto es solo una parte de nuestro reino.

―¿Por qué no llevarme a otra para que confiara en vosotros, en ti?

―No… Debes ver lo que luego comprenderás si pagas el precio.

―Vosotros…

―Nosotros abrimos los ojos al hombre y le regalamos el libre albedrío. —El tono se volvió tenso y la cara se deformó en una mueca de furia—.  Cortamos los hilos de las marionetas y les dimos vida propia. Jamás pretendimos ser como él… ¿Quién en su sano juicio querría?

―Acepto.

Paimon sonrío, su belleza recuperada de nuevo, y extendió sus brazos hacia ella. Vio sus garras afiladas, una se hundió en su cráneo y otra en su pecho. Notó como apretaba en sus puños su cerebro y su corazón. Y entonces lo vio. Vio la historia del universo, de Lucifer y sus ángeles, la de la humanidad. Y comprendió.

―Siempre… ha sido… él… —logró murmurar.

―Siempre… —susurró la voz dulce como la miel—. Estos son sus dominios, sus castigos, sus condenados. Nosotros somos la resistencia que planta cara y salva almas del tormento eterno, como la tuya ahora. Aunque a algunas, como has podido ver, no llegamos a salvarlas.

***

El sol se ponía cuando los bomberos dieron por sofocado el incendio. Los vecinos decían que allí vivía una mujer sola. Encontraron su cadáver calcinado hecho un ovillo en el sótano.