Renacimiento

Ha pasado el tiempo. Poco, pero el mundo ha cambiado. Yo también he cambiado y también mi percepción de las cosas. Más vieja sí, pero también un poquitín más sabia. No podría explicar con exactitud el motivo que me retiró del mundo digital, pero sería algo así como una agorafobia virtual de la que a día de hoy, menos mal, ya me he recuperado. Puedo culpar a la pandemia, ese aciago marzo de 2020 que nos cambió tanto a todos la vida, pero lo cierto es que no estaría siendo del todo justa.

El problema llevaba fraguándose desde mucho antes. Para mí, escribir fue un verdadero amor a primera vista. Sí, yo sentía mariposas en el estómago cuando uno de mis personajes sonaba en mi cabeza con voz, personalidad y con ganas de vivir aventuras en mis hojas en blanco. Ese amor, esa pasión, se enriquece cuando compartes lo escrito. Porque aunque vivan dentro de ti, recibir mensajes de personas preguntándote por el destino de Fulanito o Menganito no tiene precio, tienes la sensación de haber creado algo parecido a un mundo vivo. Pero sin duda, compartir tu pasión cambia la ecuación, ¡vaya que si la cambia!

Porque también requiere de madurez. Requiere de madurez para no ceder a las presiones de los demás. Madurez para no exigirse a uno mismo tener necesariamente éxito, o repetir la misma ecuación que inicialmente nos funcionó aunque eso no nos haga felices. Porque aunque parezca difícil, acabas olvidando la razón por la que cogiste un papel y un lápiz y te pusiste a escribir. Era porque lo necesitabas. Las largas horas en redes sociales planeando memes, dinámicas, lecturas conjuntas, clickbaits, con el único objetivo de atraer tráfico a tus redes, de atraer al mayor número de personas a tu producto. Sí, producto. ¿En qué momento dejó de ser tu bebé, tu pequeño, tu amor a ser un producto? ¿Cuándo te colocaste los grilletes?

¿En qué momento dejó de ser una cuestión de placer y se convirtió en una obligación monetaria? Bueno, es que el sueño de todo escritor es poder vivir de ello, ¿no? Estar en casa sumergido en tus historias, mandar tus manuscritos y esperar el pago de la editorial. No sé desde donde estarás leyendo estas palabras, pero si es un país hispanohablante, me arriesgo a decir que es bastante improbable que se pueda vivir exclusivamente de la venta de libros. Obviando ese asunto, siempre será una actividad compartida con otra labor profesional. Y de ser así, ¿no crees que es muy triste gastar el poco tiempo que dispones para viajar a tus mundos de ficción en ingeniártelas (cada vez de un modo más intrincado) en vender tu obra?

No. Yo he decidido que no quiero vivir de ello. Quiero vivirlo. ¿Pero qué género está copando la lista de vendidos? ¿Cuántas novelas tengo que escribir este año? Mierda, hoy se me ha roto el bot de los Tweets y voy a tener que inventarme algo para mantener el tráfico…

Se acabó. Me puedo morir mañana y ya sufrimos en esta vida lo suficiente como para autoimponernos aún más dolor. La primera entrada de este blog es un manifiesto, una declaración de intenciones y una promesa. Prometo amar mis letras, pero sobre todo amarme a mí primero. Amar cada momento de aquello que hago y disfrutar del camino.

«ARS LONGA, VITA BREVIS»