«Paimon» (2022) de Leire Mauleón

LOS REYES DEL INFIERNO (2022)

Tras compartir con vosotros «Magister» el primer relato de la antología «Los Reyes del Infierno» nacida como iniciativa para Halloween #RetoHalloweenBK22, tengo el placer de compartir con vosotros un relato que me ha llegado de la escritora Leire Mauleón. Desde este pequeño rincón de internet quería agradecer su participación y felicitación por tan interesante relato para el que he realizado unas ilustraciones mediante AI que espero que sean de su gusto. Yo he disfrutado muchísimo maquetando para mi web esta breve pero intensa narración de terror y demonología.

«PAIMON» (2022) relato de Leire Mauleón

Repasó todos los símbolos una vez más. Estaban perfectos, ERAN perfectos. Todo estaba como tenía que estar: el círculo de sal, los símbolos en tiza a su alrededor, las velas negras encendidas en número impar, las gotas de su propia sangre trazando un segundo círculo que contenía el primero. Sin embargo, no funcionaba. Maldita sea, NO FUNCIONABA.

Se sentía engañada. Había pasado años buscando aquel libro. Todos los manuales de invocación conocidos eran patrañas para engañar a los incautos. Mentiras llamativas y en ocasiones crueles y sangrientas cuya única función era promover un negocio y esquilmar a los crédulos. Pero ese libro no, ese libro era diferente. No estaba en ningún catálogo, en ningún registro. Su existencia no era más que un rumor en círculos arcanos muy celosos de su intimidad y ella lo había perseguido tenazmente durante muchos años, lo había sacrificado todo hasta conseguirlo. Y resultaba ser tan falso como todo lo demás.

Se puso en pie con esfuerzo. Su propio cuerpo le pesaba y le costaba moverse. No tenía nada. Nada. Toda su vida había estado encaminada a ese momento y ahora que había fallado, su existencia se revelaba carente de sentido. Lo había tenido todo tan claro… De repente, no tenía ni idea de qué iba a hacer cuando el sol saliese al día siguiente.

Apagó las velas y abandonó el sótano. Subió las escaleras hasta el cuarto que le servía de dormitorio. Observó el jergón en el suelo, las paredes desnudas. Soltó una carcajada amarga. Lo había dado todo por ese libro y no iba a conseguir nada a cambio. Se tumbó y se tapó con la manta raída. No tardó en quedarse dormida.

***

Le ardía la piel. El aire le quemaba al bajar por su garganta. Sentía que los pulmones se llenaban de llamas. Intentó tragar saliva y notó que su boca estaba seca. Abrió los ojos y contuvo un grito. ¿Dónde estaba? ¿Qué había sucedido? El viento cálido le revolvía el pelo y tuvo que cerrar los ojos de nuevo cuando la arena se le metió en ellos. Se abrazó las piernas y hundió su cabeza entre las rodillas. “Esto solo es un sueño, una pesadilla.” Abrió los ojos despacio y volvió a mirar a su alrededor. Aquello no era su cuarto. “El fracaso de la invocación me ha afectado hasta el punto de provocarme alucinaciones.”

Una idea se coló en su cerebro. ¿Y si no eran alucinaciones? ¿Y si la invocación sí había funcionado? Se puso en pie con rapidez. Cierto, había esperado que dentro del círculo se materializase algo o alguien, pero igual no era así como funcionaba. Tal vez se convertía en una puerta que había que cruzar. Frunció el ceño. Recordaba haber subido a acostarse, no había entrado en el círculo… Por si acaso, se miró las plantas de los pies. Estaban sucias.

Piensa.” Estaba claro que, dormida, había bajado al sótano y había entrado en el círculo, uno que ya no era tal, sino que se había convertido en un portal hacia otro lado. ¿Hacia cuál? Lo lógico sería que hacia el dominio de aquel al que había intentado convocar. Paimon… El más leal a Lucifer, su segundo. Así pues, debía estar en el infierno. Giró sobre sí misma. Dunas de arena ardiente se extendían más allá del horizonte, en todas las direcciones. ¿Eso era el infierno? ¿Un desierto infinito y vacío?

Forzó la mirada. ¿Dónde estaban los condenados? ¿Dónde estaban los demonios que torturaban sin descanso a las almas? Estaba sola. Ni tan siquiera aquel al que había convocado aparecía ante sus ojos. ¿Para qué valía entonces la invocación si la llevaba a un paraje desolado y vacío?

Echó a andar hacia un cielo rojo. Perdió la memoria del tiempo que llevaba caminando antes de caer rendida. Tenía hambre y sed. Le dolían los pies descalzos y sentía que la piel se cuarteaba, los labios estaban agrietados y sangraban. Pensó que aquello había sido todo. Moriría durante el sueño o despertaría en su casa casi en ruinas para enfrentarse a una vida estúpida y sin sentido.

***

Volvió a abrir los ojos a un cielo rojo. Jirones de piel se desprendieron de su cuerpo cuando se levantó, quedando pegados a la arena ardiente. Intentó ponerse en pie y cayó de rodillas. Tenía las plantas llenas de ampollas. Intentó llorar, pero no tenía lágrimas. Intentó gritar, pero no tenía voz. Se puso en pie con esfuerzo y echó a caminar, sin estar segura de si seguía el mismo rumbo que había tomado el día anterior. Tras ella, huellas sangrientas desaparecían borradas por el viento.

***

No sabía cuántos días habían pasado. No había sol ni luna, jamás había oscuridad ni llegaba a ser un día claro. Siempre parecía vivir dentro de una roja tormenta de arena ardiente. No quería mirarse los pies porque estaba convencida de que las heridas le llegaban hasta los huesos. Su piel estaba cubierta de ampollas y tenía miedo de acostarse a descansar porque sabía que al despertarse perdería jirones de piel. Los ojos le ardían. “Que se acabe, por favor, que se acabe. Sea como sea, que termine ya.”.

***

Había perdido el recuerdo de quién era o qué buscaba. Solo caminaba y soportaba el dolor. Entonces, algo cambió. “Gente, hay gente.” Intentó acelerar el paso, apretando los dientes para no gritar. Cerró los ojos y giró la cabeza cuando llegó, tapándose el rostro con las manos, aunque no podía evitar escuchar.

―¿Ahora que puedes ver, no quieres mirar?

La voz era dulce, como miel destilándose en su cerebro. Sin embargo, se negaba a abrir los ojos. Era tal el horror que había sentido que se sentía incapaz de presenciar de nuevo aquella imagen.

―Abre los ojos. ¿Qué sentido tiene que estés aquí si no? ¿No querías ver, no querías saber? ¿Y ahora cierras los ojos?

La voz era como un canto de sirena que la atraía sin remedio, aunque supiera que abrir de nuevo los ojos era naufragar. Dirigió su rostro hacia la voz y entonces obedeció. Contempló un rostro masculino joven y bello, de facciones suaves y delicadas, largas pestañas, labios carnosos y mirada dulce. Olvidó los dolores y el cansancio y el horror contemplado. Aquellos labios se curvaron pronto en una sonrisa maliciosa.

―No puedes olvidar lo que acabas de ver.

Su mente se llenó en un torbellino de imágenes: madres devorando a sus hijos mientras los amamantaban, hombres cortándose trozos de su propio cuerpo, mujeres arrancándose los ojos, gente despedazándose entre sí. El ruido regresó a sus oídos: lloros, aullidos y gruñidos, ruido de mandíbulas masticando, chasquidos de látigos, sierras cortando… Creyó volverse loca.

―Me convocaste porque querías saber. Pero en tu mundo no se puede saber. Tu mundo hace imposible el conocimiento, no lo soporta. Por eso estás en el mío. Yo puedo enseñarte todo, darte arte, darte ciencia, darte la verdad. La ÚNICA verdad. La pregunta es si la quieres, si estás dispuesta a pagar el precio.

―¿Cuál es el precio?

―¿Qué precio querría cualquier demonio?

―Mi alma.

―Tu alma.

―¿Es el precio que pagaron ellos?

―Ellos… —La sonrisa se agrandó.—. Ellos pensaban que iban a otro lugar. Son unos pobres estúpidos. Paga el precio, obtendrás el conocimiento que buscas y podrás marcharte. Déjame decirte la primera verdad, como regalo: el infierno no es castigo eterno. No castigamos a aquellos que nos adoran y reniegan de un dios dictador y autoritario. Esto es solo una parte de nuestro reino.

―¿Por qué no llevarme a otra para que confiara en vosotros, en ti?

―No… Debes ver lo que luego comprenderás si pagas el precio.

―Vosotros…

―Nosotros abrimos los ojos al hombre y le regalamos el libre albedrío. —El tono se volvió tenso y la cara se deformó en una mueca de furia—.  Cortamos los hilos de las marionetas y les dimos vida propia. Jamás pretendimos ser como él… ¿Quién en su sano juicio querría?

―Acepto.

Paimon sonrío, su belleza recuperada de nuevo, y extendió sus brazos hacia ella. Vio sus garras afiladas, una se hundió en su cráneo y otra en su pecho. Notó como apretaba en sus puños su cerebro y su corazón. Y entonces lo vio. Vio la historia del universo, de Lucifer y sus ángeles, la de la humanidad. Y comprendió.

―Siempre… ha sido… él… —logró murmurar.

―Siempre… —susurró la voz dulce como la miel—. Estos son sus dominios, sus castigos, sus condenados. Nosotros somos la resistencia que planta cara y salva almas del tormento eterno, como la tuya ahora. Aunque a algunas, como has podido ver, no llegamos a salvarlas.

***

El sol se ponía cuando los bomberos dieron por sofocado el incendio. Los vecinos decían que allí vivía una mujer sola. Encontraron su cadáver calcinado hecho un ovillo en el sótano.

“MAGISTER” (2022)

Los Reyes del Infierno (2022)

En vísperas de Halloween (en concreto el 25 de octubre) lancé un nuevo reto en mis redes, #RetoHalloweenBK22. Ya sabéis que los martes tiendo a realizar dinámicas de escritura creativa para mantener a la musa musculada y feliz. La temática quedó recogida bajo el título «Los Reyes del Infierno» y proponía escribir un relato de mínimo 1000 palabras, perteneciente al género de terror, horror, suspense… que estuviera relacionado con el mundo de la demonología cabalística. Me comprometí a recopilar esos relatos en una pequeña antología ilustrada para Wattpad. He decidido que voy a ir compartiendo los relatos en mi web y una vez se publiquen, los iré subiendo juntos a Wattpad bajo el título «Los Reyes del Infierno».

No publico «Magister» primero por ser de mi autoría, sino porque es el primero para el que realicé las ilustraciones y por lo tanto, el primero en estar disponible para ser publicado. Ya tengo en mi disposición un maravilloso relato de la escritora Leire Mauleón que pronto prepararé para publicar en el blog con sus correspondientes ilustraciones. Más adelante lo subiré a Wattpad para el disfrute del mayor número posible de lectores de esa plataforma. Espero con sinceridad que os guste y aunque ya hemos superado esa fecha del calendario en la que nos gusta arrebujarnos con una mantita a leer una buena historia de terror, creo que nunca es mal momento para disfrutar de estos relatos que han nacido precisamente fruto de esas fechas en las que el misterio, la oscuridad y la muerte nos son tan cercanos.

«MAGISTER» (2022)

“La soledad es peligrosa: cuando estamos solos mucho tiempo, poblamos nuestro espíritu de fantasmas.” 

Guy de Maupassant

***

Sra. Agnès Robledo Soler

Sant Gervasi 4

Barcelona

30 de octubre de 1901

Querida prima Agnès:

Te escribo desde el mismísimo Pont Saint Michel, en la maravillosa ciudad de Toulouse. Se han caído todas las hojas de los árboles y las calles huelen a violetas y a tierra mojada. A veces daría lo que fuera por enseñarte las rosadas calles de ladrillo, sus fachadas recorridas por la hiedra y el precioso palacio de Assézat. Eric me ha instado en varias ocasiones a que te invite, ¿te apetecería venir unas semanas? Bruno está ya hecho un hombre y te da las gracias por la medallita de la Virgen de Montserrat que nos enviaste por su cumpleaños. Es un precioso francés de pelo rizado y mirada risueña. 

Con respecto a las jornadas benéficas de Can Tusquets… ¡qué no daría por estar allí! El trabajo de Eric nos impide desplazarnos la gran mayoría del año. Me encantaría poder ver con mis propios ojos la labor que haces a diario. Es sin duda, encomiable. De hecho, lo he leído varias veces en el Diario Catalán que nos llega por correspondencia.  Tus padres estarían muy orgullosos Agnès y estoy segura de que esos niños son ahora como una familia para ti. 

Respondiendo a tu última pregunta, todos estamos bien de salud gracias a Dios. Espero que el Señor te guarde a ti también para que puedas seguir cuidando de los que más te necesitan. Muchos recuerdos, prima. Te extrañamos.

Firmado 

Catalina Tapia Ferrer

***

—Elisa, tráigame por favor el vestido de mañana y una taza de café —indicó la señora tras levantar la mirada de la misiva. 

Su interlocutora, que en aquel momento adecentaba las sábanas limpias, asintió con un rápido gesto y se marchó con diligencia. La puerta se cerró tras de ella y un silencio sepulcral se apoderó de la habitación. Las figuras de porcelana que padre le regaló cuando era una niña se disponían en un orden escrupuloso sobre las repisas de su dormitorio. Los elefantes, las tiernas pastoras y los gatitos en cestas no habían acumulado ni una mota de polvo. La distribución de su dormitorio no había cambiado ni un palmo de la que tenía cuando sus padres aún estaban con vida. De su pérdida ya habían pasado más de cuarenta años y aquella habitación aún continuaba como detenida en el tiempo. 

Las estaciones se habían sucedido, los parientes cercanos fueron falleciendo con el inexorable paso del tiempo y sus amigas más fieles fueron contrayendo nupcias y creando su propia familia. Sobre su escritorio siempre imperturbables los libros de cuentas heredados de su padre, dietarios con interminables citas y alguna que otra novela con la que entretener las largas horas en la casa familiar de los Robledo-Soler. 

―Señora Agnès, aquí tiene su café. Enseguida le traigo el vestido para que se lo pruebe. ―Elisa colocó la bandeja sobre la mesita de té y se apresuró de nuevo a abandonar la habitación.

―¿Por qué no llamas a la maldita puerta antes de entrar Elisa? No cuesta nada, y podría haber estado indispuesta.―El tono difirió mucho del que usó para formular su petición con anterioridad. Era como si aquel tono lacerante y glacial perteneciese a otra persona. 

―Lo siento, señora. ―Tras excusarse en el umbral de la puerta agachó la cabeza y cerró tras de sí.

Agnès posó las manos sobre su vetusto escritorio de caoba y estiró los dedos. La enfermedad de su madre ya era patente en ella. Jamás pudo presenciar la senectud de Rosario Soler, pero los deformados huesos de los dedos ya asomaban crueles y sinuosos cuando le dio la mano por última vez. Era un día soleado de verano, las chicharras entonaban su cántico vespertino y su padre había cargado las maletas en el coche. “Tan solo será una semana y estarás al cuidado de tu tía Julia, vendrá tu prima Catalina con ella y podréis ir a la playa.” aseguró su madre antes de darle un último beso. 

Dos golpes en la puerta anunciaron esta vez la llegada de la sirvienta, separándola de sus dolorosas memorias. 

―Está recién planchado, señora ―aseguró Elisa dejándolo con primoroso cuidado sobre la cama ―. Seguro que le está como un guante.

―Gracias, Elisa. 

Agnès se desvistió en el momento en el que Elisa cerró la puerta. Dejó la ropa en el perchero y descubrió su cuerpo desnudo ante el espejo de pie. Su cuerpo, aunque aún esbelto y magro, había perdido la tersura y consistencia de la juventud. Sus pechos, otrora turgentes y firmes, ahora sufrían el efecto de la gravedad y sus caderas y glúteos parecían estar cubiertos por una capa de grasa globular. Sin haber dado a luz a hijo ninguno, el rastro de la senectud ya comenzaba a hacerse evidente. El tacto de la seda le resultó agradable, y el delicado vestido color vino era de exquisito gusto. Se colocó frente al tocador y retirando su cabello dorado añadió un poco de color a su mortecino tono, un poco de carmín a sus labios y roció de perfume su cuello. Aún había belleza en ella, se decía para sí misma mientras se contemplaba en el reflejo del tocador. Aún tenía tiempo…

***

Can Tusquets nunca fue un emplazamiento de la burguesía catalana, pero el trabajo realizado por Agnès y las religiosas de la orden de San José había causado sensación entre los invitados. La masía había sido decorada con multitud de flores blancas que perfumaban los jardines y patios, las botellas de buen vino de Montsant se servían sin remilgos y una banda local amenizaba la velada. Los niños, engalanados con su vestido de los domingos, contemplaban boquiabiertos a los acaudalados visitantes, los cuales les devolvían miradas de lástima y gestos de velada condescendencia.

Agnès, que colocaba una corona de flores en la entrada al salón principal, fue abordada por un grupo de empresarios de la ciudad condal. 

―¡Agnès! ¡Pero qué alegría verte de nuevo! ―exclamó una voz femenina de timbre agudo y algo rimbombante. 

Levantó la mirada de los adornos florales y con cuidado bajó de la silla para encontrarse con su interlocutora. Se trataba de Sandra Siller, una antigua compañera de la escuela y amiga de la infancia de Agnés. Se había casado con el dueño de Can Batlló, la competencia de su padre en la industria algodonera.

―¿Qué tal, Sandra? Te veo estupenda. 

Las mujeres se abrazaron ante la mirada atenta del grupo de burgueses y de los niños repeinados. 

―La verdad es que yo también a ti, querida. Es increíble el trabajo que has hecho con esta… casa de beneficencia ―sentenció la elegante mujer. Agnès sonrió sacando pecho e irguiendo ligeramente la cabeza ―. Por otro lado, no me extraña nada. Debe sobrarte el tiempo sin críos que atender ni marido a quien torear ―añadió entre risas. 

Agnès se tensó, tomó una copa de Montsant de la bandeja que sostenía uno de los mozos que había contratado para la ocasión y tragó su contenido cerrando los ojos. 

―Por favor, Sandra ―replicó el marido―. ¿Es que acaso no ves la gran familia que conforma Can Tusquets? ―Alzó su copa al aire, mostrándola a todos los pequeños y hermanas que contemplaban la escena―. Estoy seguro de que Agnés es como una madre para todos estos niños y niñas.

Se produjo un brindis improvisado en honor a la organizadora, un fuerte aplauso dio paso a un estrecho silencio en el que la banda preparaba sus partituras para comenzar una alegre tonadilla.

―¡Esa mujer no es mi madre! ―gruño un infante de no más de nueve años. Enseguida fue interceptado por una mujer de hábito religioso―. ¡Solo nos trae pan dur…! ―Sus palabras enseguida fueron interrumpidas por la mano implacable de la hermana, que con rostro sonriente lo retiró del patio principal. 

―Niños… Si no fuera por la señora Robledo este lugar estaría perdido ―declaró un hombre de ropa oscura y alzacuellos―. Sus donaciones son imprescindibles para mantenernos a flote. Es más, conocedor del evento que la señora Robledo estaba organizando y en agradecimiento por su trabajo, la diócesis ha logrado contactar con un artista invitado. Se trata de un pintor argelino bastante popular, el total de la venta de sus obras será destinado a mejorar este orfanato y la calidad de vida de estos pequeños.

El sacerdote dirigió a los invitados al gran salón de la masía, su anuncio fue seguido de aún más aplausos y comentarios aduladores. Agnès clavó su mirada en la de Sandra, su sonrisa se le antojó similar a las fauces ensanchadas de una serpiente a punto de devorar a su presa. Terminada su segunda copa de vino, tomó una tercera de otra bandeja servida con celeridad. Agarrándose al brazo del párroco, irrumpió en el gran salón el cual también había sido engalanado para la ocasión.

A pesar de que ella siempre se había considerado una mujer de mundo, la contemplación de lo que había expuesto en el salón de Can Tusquets le dio un vuelco al corazón. Aquellos colores, formas exquisitas y composiciones exóticas tomaron por sorpresa a la filántropa. 

―Damas y caballeros, ¡la obra del prestigioso Amir Belaid! ―presentó con entusiasmo el religioso.

Se trataba de un joven que debería encontrarse en sus treinta, su semblante severo se encontraba en contraposición a sus cálidos y grandes ojos negros. Una brillante y ondulada cabellera oscura le caía sobre los hombros de un modo extravagante para los formalismos del lugar. De nariz romana y piel atezada, sus labios eran carnosos y quedaban enmarcados por un medido y cuidado vello facial. 

No tardaron en aparecer admiradores del arte del argelino. Tras estrechar una fila de fervientes manos y apalabrar cuadros que ni siquiera se mostraban en aquel momento, Agnès se detuvo interesada en un ejemplar en marco dorado. Se trataba de un enigmático lienzo, de texturas delicadas pero de tonos oscuros imbuidos de ocre.

―Éste es uno de mis favoritos ―le indicó a la principal benefactora de Can Tusquets.

Agnés contempló la escena. No se trataba de una composición bucólica, tampoco de ninguna cotidianidad o un paisaje como el resto de presentes habían adquirido. Se había interesado por una particular escena de un gato blanco de anormal tamaño y mirada dotada de una humanidad inquietante. Sobre la cabeza del animal reposaba una corona de oro bruñido. Bajo el animal rezaban las palabras en latín “Magister”. Agnès no cesaba en su contemplación, el irrealismo y al mismo tiempo los tonos casi habían conseguido hacerla desconectar del evento benéfico, del resto de las personas, de Sandra… Era como si ese “Magister”, una especie de animal inteligente, hubiera establecido una conexión con ella, profunda e insondable.

―Es extraño pero… ¿podría ser que haya visto este cuadro antes? ―inquirió Agnès.

―Como puede ver señora, la pintura es fresca ―declaró acercándose a su interlocutora―. El aroma de las mezclas…¿puede olerlo? ―El artista se acercó aún más y posó una de sus manos sobre el hombro de la interesada―. Hace tan solo un par de días que conseguí terminarlo. Mire estos tonos dorados, la mirada del ser… ―El pintor deslizaba sus dedos meticuloso a escasos centímetros de los trazos, describiendo otros gestos imaginarios con sus alargados y gráciles dedos.―. ¡Oh! Disculpe, señora. De seguro la estoy importunando con mis divagaciones.

―No se preocupe… ―contestó Agnès como saliendo de un intenso trance producto del embriagador acento de su interlocutor―. Quisiera adquirirlo. 

Los ojos del pintor eran como dos negros vacíos que parecieron abrirse aún más con la buena disposición de la acaudalada mujer. Agnés, como obedeciendo a una entidad superior, presa del magnetismo exótico del pintor, sonrió abriendo su billetera.

***

Catalina Tapia Ferrer

Grand Ramier, 21 

St. Michel, Toulouse

20 de diciembre de 1901

Querida Catalina:

Disculpa que la frecuencia de mis misivas se haya visto drásticamente reducida los últimos meses, la verdad es que no me he percatado hasta el día de hoy. Vivo como en una nube… Catalina, ¡soy tan feliz! Mi dicha acude tarde pero jamás pensé que pudiera encontrar a una persona así. Siempre pensé que moriría sola en la casa de mis padres rodeada de recuerdos vacíos y parientes de los que ya ni se acuerdan de mí. Estoy prometida. A mi edad, peinando canas y sin haber conocido hombre ni enviudado nunca. 

Su nombre es Amir, y se trata de un pintor bastante popular ahora en Barcelona. Jamás he conocido mano terrena capaz de captar la vida y el movimiento como él lo hace. Por si su talento fuera poco, es un hombre encantador. Me trata con respeto, es cuidadoso y atento. Sé que no tiene grandes posesiones, de hecho, más allá de su talento es un hombre muy humilde sin herencia ni dividendos. Lo sé, piensas que está conmigo por mi dinero, ¿verdad?

¿Sabes? Al principio me ponía un poco la piel de gallina pero termina mis frases antes de que siquiera pueda pensarlas y conoce mis aficiones y gustos a la perfección. Es, como si ya nos conociéramos de otra vida, ¡qué locura! Estarás pensando que mi juicio se está nublando a causa del amor. En ese caso, bendito sea, querida prima. Ahora entiendo qué fue lo que te hizo alejarte de mí y coger ese tren a Francia. 

Te mandaré pronto las invitaciones y espero poder presentarte a mi talentoso futuro marido.

Firmado

Agnès Robledo Soler

***

Tan solo semanas tras el enlace, Amir se trasladó al caserón familiar de Robledo. Agnés le había acomodado a su adorado marido la gran buhardilla a modo de estudio de pintura. Todo lujo de lienzos vacíos esperando ser marcados con su talento. Materiales, diversas pinturas, espátulas y herramientas de primera calidad se disponían con excelente pulcritud. La ilusión de Agnès se veía potenciada por la visita de su querida prima Catalina, que aunque no pudo acudir al enlace, ese mismo día acudía con su marido para dar a la pareja la enhorabuena.

―Señora, ya he metido el asado al horno tal y como me indicó ―anunció Elisa irrumpiendo en el dormitorio marital.

―Gracias, Elisa. No olvides de tomar un poco para tu familia ―respondió Agnès con una sonrisa.

Desde las nupcias, la señora de la casa había cambiado su humor por completo. A veces Elisa la descubría tarareando una canción o preparando la ropa de su marido con el mayor de los esmeros. La sirvienta se alegraba de aquel cambio, después de años casi había olvidado cómo era verla feliz. 

―¿Sabe si quiere el señor que adecente la sala de pintura? Es la única sala que aún no he limpiado para las visitas. Quizás quiera usted enseñar los cuadros del artista de la casa…

―Amir no desea ser molestado. Procura no entrar en esa habitación Elisa ―concluyó la señora. Por un momento, el dulcificado gesto de Agnès se transformó en la sombra de un temor que abrió sus ojos algo desencajados y perdió su mirada en el horizonte.

―¿Se encuentra bien, señora?

―No podría estar mejor, querida ―contestó Agnès sonriente, con un gesto perdido aún en el semblante. 

Elisa anunció la visita y para entonces la feliz pareja se encontraba sentada en uno de los divanes del salón principal. Parecían estar posando para uno de los cuadros del artista, sonrientes, con las manos entrelazadas y murmurando el uno en los oídos del otro. Cualquier comentario del argelino desencadenaba en Agnès una deslumbrante sonrisa. Ella le miraba embelesada, como si fuera el cuadro que en su día procuró el emparejamiento.

―¡Querida prima! ¡Estás flamante! Casi pareces haber rejuvenecido…

Aquellas fueron las primeras palabras que pronunció Catalina al reencontrarse con su prima tras años de separación. Su marido, Eric, estrechó cortésmente la mano del argelino y su mirada fue enseguida a encontrarse con el cuadro que presidía la gran sala. El gato coronado de profunda mirada vigilaba la estancia. 

―Ciertamente es sorprendente, señor. Tiene usted un talento increíble… Ese gato parece estar matándome con la mirada. ―aseveró Eric.

El artista hizo una inclinación de cabeza en gesto agradecido y tomó las manos de su esposa entre las suyas.

―Tengo la fortuna de contar con la más talentosa de todas las musas.

―Ya será menos, querido ―replicó la reciente esposa con rubor en las mejillas.

Las parejas se sentaron en el ornamentado salón, Elisa sirvió unos entremeses y la conversación fluyó entre carcajadas y viejas anécdotas de las dos mujeres. 

―Entonces Catalina se empeñó en que cogiera los guantes de madre a pesar de que me había reiterado que era lo u…―Agnès cesó en el relato, deteniéndose en pie en el centro del salón con los ojos perdidos, ensimismados en el cuadro oscuro y ocre.

―A pesar de que me había reiterado…―recondujo Enric.

―Te has pasado con el vino, prima ―aseveró Catalina en un tono cómico.

Sin embargo, el comentario jocoso no devolvió a Agnès de su ensoñación. Sin pestañear, volvió a sentarse asiéndose de la mano de su marido.

―Tengo… tengo algo que deciros ―acertó a comunicar la obnubilada llevándose la mano al vientre. Sus labios dibujaron una sonrisa desencajada. El gesto ido de Agnés, era una nota disonante en el ambiente que hizo que Catalina y Eric se tomaran de las manos por instinto―. Amir y yo…―Las llamas de la chimenea crepitaron con fuerza―. Amir y yo estamos esperando un bebé.

El silencio sepultó la estancia. Catalina miró a su marido buscando una respuesta que no podía darle. La mera idea de que Agnès estuviera embarazada era de una probabilidad harto escasa y de unas consecuencias dramáticas. Agnès era demasiado mayor para estar en estado. Amir contemplaba a su esposa con una sonrisa radiante, le acariciaba el vientre y ambos se mecían al son de una díscola canción que tan solo ellos podían escuchar. 

***

Sra. Agnès Robledo Soler

Sant Gervasi 4

Barcelona

23 de marzo de 1902

Querida Agnès:

Me alegré mucho de verte en mi última visita, pero he de reconocer que no volver a tener noticias tuyas… me ha dejado algo intranquila. No soy quien para cuestionar tu felicidad pero te encontré algo extraña. Es cierto que llevamos tiempo sin vernos pero, quiero que sepas que puedes confiar en mí para contarme lo que necesites y si puedo ayudarte con algo que esté en mi mano no dudes que lo haré.

¿Qué tal estás de salud? Espero que la espera esté siendo dulce y que pronto tengamos a un nuevo miembro de la familia. 

Firmado  

Catalina Tapia Ferrer

***

Sra. Agnès Robledo Soler

Sant Gervasi 4

Barcelona

17 de junio de 1902

Querida prima: 

¿Estás a disgusto conmigo? ¿Es por haberte dicho que te notaba diferente? Por favor, ruego que no me malinterpretes. Tan solo tengo miedo de que algo malo te ocurra, no sé explicarte por qué pero tengo una extraña sensación desde que visité tu casa. Necesito saber que estás bien. 

Catalina Tapia Ferrer

***

El viento mecía las ramas de los árboles a su capricho. La luz de los rayos iluminaba las grandes estancias de la residencia Robledo y las hojas secas penetraban en los abiertos ventanales de las dependencias de Agnès. Un aullido descompuesto despertó a Elisa de su sueño. Hacía ya unas semanas que se escuchaban ruidos extraños provenientes del estudio del señor Amir, sabía que era tan solo un lugar en el que dedicarse a su arte, pero lo cierto es que el estudio ponía el vello de punta a la sirvienta. Tomando un candil e incapaz de volver a conciliar el sueño, decidió descubrir el origen de aquel quejido. La señora podría encontrarse mal, su salud se había visto muy mermada en los últimos días a causa de su estado. Haciendo acopio de valor, subió las escaleras hacia la buhardilla, dejando las zapatillas para no hacer ruido. A pesar de que el señor resultaba siempre encantador, había algo en él que la hacía sentirse intranquila. 

El crujir de la madera, el poderoso viento y los truenos aumentaban la velocidad a la que bombeaba su corazón. Le pareció escuchar susurros en el aire pero se trataba de una lengua extraña, incomprensible. Aquello le heló la sangre. ¿Había alguien más en la casa? Sentía una presencia desconocida, poderosa y estremecedora. Estaba cerca. Resistiéndose a detenerse y casi percibiendo violar algún tipo de extraña propiedad, Elisa se asomó al descansillo de la buhardilla. La puerta estaba abierta de par en par y el viento penetraba en la estancia llevándose esbozos del artista y meciéndolos sin piedad a lo ancho de las dependencias de la habitación. El estudio estaba iluminado por multitud de velas, era la primera vez que Elisa vislumbraba el interior de aquel lugar. Un crujido la hizo retroceder, se trataba de una de las hojas de Amir que mecida por el viento se detuvo justo en el suelo frente a ella. 

Se trataba de una pintura escalofriante, no había rastro de los dorados tonos que marcaban el estilo del argelino. Anárquicos trazos en negro representaban a un hombre con alas de ángel pero con un rostro malévolo, con una risa execrable y una mirada cruel. Bajo el boceto podía leerse la palabra “Rey Bael”. Elisa avanzó silenciosa, el miedo casi la paralizaba, sin embargo, una mezcla de curiosidad y desasosiego le impidieron marcharse de allí sin conocer la naturaleza del trabajo de Amir. Quizás su señora debería enterarse a lo que se dedicaba su marido. Después de todo, quizás no era oro todo lo que parecía relucir. Un paso más y tendría una visión completa del estudio del señor. Un rayo fugaz iluminó la oscura estancia, las mortecinas llamas estaban casi extintas.

Amir se encontraba arrodillado frente a una especie de altar velado con una corona de oro. No solo había lienzos y papeles pintados decorando la estancia, sino que en las paredes había escrituras en un idioma inteligible y el croado de sapos la sobresaltaron. Había demasiados rodeando al señor. Era como si se estuvieran alimentando de él, succionaban lascivamente sus dedos y su piel desnuda a la luz de la tormenta. Un estruendoso trueno le hizo dar un respingo, Amir se volvió. Su mirada negra cual abismo parecía la de una criatura monstruosa, no había nada humano ni natural en él, tan solo la fría y baldía oscuridad. De nuevo un grito desencajado. Era Agnès. 

Elisa corrió escalera abajo temerosa de que Amir tomase represalias a su falta de discreción. Su señor se había vuelto completamente loco, debía informar a Agnès. Abrió la puerta sin obtener primero el permiso y se sorprendió al ver tendida sobre la cama a su señora con un rictus de dolor insufrible.

―¡Ya viene, Elisa! ¡Es el bebé! ¡Ya viene!

Con velocidad tomó una palangana de agua caliente, unas toallas y una tijera afilada. Dispuso todos los materiales y le dio la mano a Agnès. No era la primera vez que atendía un parto. Ella misma atendió el de su señora cuando tan solo era un bebé. Traería al mundo a otro Robledo en plena salud y rojo de llanto. 

―¡Empuje, señora! ¡Empuje! ¡Ya se ve la cabeza!

Los gritos desencajados de Agnès no despertaron la curiosidad de su turbado marido. La mujer luchó, sudó, lloró y mordiéndose los labios de dolor vio nacer a la criatura ante el gesto de incredulidad de Elisa. Las sábanas teñidas de rojo dieron cobijo a la criatura. Elisa, acunándolo con dulzura y tras limpiarlo con meticulosidad, lo dejó sobre el pecho de su madre.

Agnès, agotada tras la labor del parto, tomó a su hijo.

―Es una hembra, señora.

Agnès se incorporó, inspiró profundamente y colocó a su pequeña frente a ella. Por un instante, el gesto de agotamiento desapareció. Sus ojos se abrieron de nuevo desorientados, apretó con fuerza a la niña. El pulso de las manos le temblaba.

―¡Es una hija del demonio! ¡No es una niña! ¡Es una araña!―Agnès comenzó a gritar maldiciones, escupió saliva de la boca mientras sujetaba el cuerpo de la criatura que había roto a llorar desconsoladamente―. ¡Esto no es mi hija! 

―Tranquilícese señora, ha sido difícil ahora tiene que relajarse.

No dio tiempo a que Elisa tomara al bebé entre sus manos cuando Agnès se levantó de la cama como movida por una energía desconocida. Tomo a la pequeña de las piernas. Un grito histérico resonó en la habitación. Con fuerza y ante la conmocionada mirada de la sirvienta, Agnès golpeó con todas sus fuerzas al bebé contra la pared, como si de un almohadón se tratase. Un crujido sordo silenció el llanto, pero no frenó la mano de Agnés, que arremetió sin piedad contra el cuerpo de su recién nacida repetidas veces, hasta que la sangre, las vísceras y todo lo que conformaba a la pequeña, se esparció en el papel pintado de la habitación.

―¡Una araña! ¡Es un demonio! ―exclamó entre llantos dementes contemplando el amasijo de carne exangüe que había dejado caer al suelo.

***

Era una tarde del mes de octubre, vísperas de todos los santos, cuando Elisa reunió el aplomo suficiente para ir a visitar la tumba de su señora. Había pasado casi un año desde que la desgracia recayó sobre aquella familia y aún le costaba procesar las escenas que cada día rezaba al Señor que borrase de su memoria. Aferrada al rosario y dando pequeños pasos se aproximó al nicho sepultado de hojarasca seca y húmedo a causa de las lluvias.

―Señora, le he traído flores blancas. Sé que le gustaban. 

Junto a la lápida de la difunta, se encontraban las de los padres. Parecía que tan solo habían pasado un par de años desde que sujetando la manita de Agnès venía a traer las mismas flores blancas a su mamá el día de su cumpleaños. Elisa no tuvo hijos, lo más parecido a una se la había arrebatado Dios en un manicomio hace tan solo unos meses. Agnès se quitó la vida entre febriles testimonios sobre una criatura que se lo había quitado todo. Decía que se habían apoderado de su cuerpo y de su mente y que lo único que podía hacer era terminar con su vida de una vez por todas. Hablaba de que su marido se comunicaba con un demonio a través de sus cuadros, un demonio que según ella, se llamaba Bael. El psiquiatra certificó la muerte como un suicidio a causa de una crisis de histeria.

El crujir de las hojas despertó a Elisa de sus profundas cavilaciones, de tan dolorosas memorias. Una fría brisa erizó la piel de su cuello. Volvió la vista a su retaguardia y distinguió la figura de un hombre dibujada entre las lápidas y estatuas del camposanto. Su cabello oscuro caía en una melena brillante sobre un elegante traje color crema. El viudo de Robledo y poseedor de todas sus propiedades sonrió con descaro a la anciana, como jactándose de la más horrible y lucrativa de todas sus obras.

«Némesis»(2022)

#RetoBoomerang

El pasado martes 11 de octubre compartí una publi muy especial en rrss en mi semanal #MartesderetoBK titulada #Retoboomerang. Mi deseo era lanzar un cabo al vacío con una corta frase sin compromiso, en este caso se trataba de «Su ropa aún descansaba sobre los pies de la cama» con el objetivo de construir un relato. Los que me seguís en redes (si hay algún insensato por aquí) sabréis que los martes siempre apelo a la creatividad, a nuestra creatividad, con un breve ejercicio para escribir mediante una imagen, una frase, un reto, un disco… La razón por la que lo hago es simple, después de dos años de bloqueo del escritor, por desgracia, conozco lo difícil que es a veces poder continuar con una historia o incluso comenzar a escribir una nueva. Por ello, las dinámicas de escritura creativa, los retos, estas pequeñas cositas que hago los martes me parecen muy importantes en la rutina de un escritor, ya que mantiene la maquinaria lubricada y a punto para seguir construyendo historias.

Esta semana el #Retoboomerang consistía en que yo comenzaba un pequeño relato con ese cabo al vacío, esa pequeña frase con la esperanza de que alguien lo cogiera. Y cuál ha sido mi sorpresa, ¡alguien tomó el cabo de un modo magistral! Fue gracias a Instagram y con unos breves comentarios hilamos una pequeña historia que me hace mucha ilusión compartir en este mi pequeño espacio. Tras reflexionar, he decidido titularlo Némesis, espero que mi coautor David C. Alonso, esté conforme con este título y que vosotros disfrutéis de su lectura. Gracias a David por compartir este momento conmigo.

Némesis

Su ropa aún descansaba sobre los pies de la cama. Fue después de otra jornada interminable de trabajo cuando Sarah recibió la llamada de emergencia desde el Puesto de Mando. Eran ellos otra vez.

—¡A vuestros puestos! —exclamó por radio mientras se apresuraba tanto cómo podía a través de las galerías de la Némesis hacia su destino.

—¡Capitán!

Una escuadra de organismos mastodónticos atravesaba la densa oscuridad espacial. Se trataba, al menos a primera vista, de organismos vivos. Eran de color tierra, bulbosos y no cesaban de movilizar cientos de hilosos apéndices. Aterrorizada pero decidida, Sarah tomó su lugar ante los mandos del cañón de pulsos mientras recordaba aquellas palabras que alguien le dijo una vez: «Hay misterios en el universo que aún no estamos preparados para comprender. Lo hemos intentado, pero sólo hemos aprendido que aún debemos permanecer alejados por el bien de nuestra propia existencia». Pero esta vez no había escapatoria posible y lo único que permanecía en su mente era la idea de que a más terrible la batalla, mayor sería la gloria. Era ahora o nunca.

—Se acabó la huida —declaró solemne la capitana.

—¡¿Pero qué estás diciendo?! —inquirió incrédulo Dilan, su hombre de confianza.

—He dicho que se acabó. No hay escapatoria posible. —Sarah clavó sus ojos oscuros en el hombre que le había acompañado durante largos años en la nave-refugio que les cobijó de una Tierra enferma— .Ya no queda combustible, las raciones son míseras y esas criaturas nos arrastran día a día a la perdición.

—Sarah, nos condenas a muerte —replicó su interlocutor buscando el consuelo del resto de la tripulación.

Y el silencio de los allí reunidos fue la calma que precedió a la tormenta. Los vidriosos ojos de Gwen, la mirada perdida de Olaf y el rostro incrédulo de Dilan se paralizaron en el tiempo. Un resplandor cegador lo engulló todo seguido de un estruendo demasiado agudo para el oído humano. La Némesis se desintegró ante el testigo silente de la inmensidad de la galaxia y el halo de su explosión se llevó consigo la repulsiva vida de aquellos seres que les habían arrebatado su hogar. 

Escrito por David. C. Alonso y Belma Kamont