
Los Reyes del Infierno (2022)
En vísperas de Halloween (en concreto el 25 de octubre) lancé un nuevo reto en mis redes, #RetoHalloweenBK22. Ya sabéis que los martes tiendo a realizar dinámicas de escritura creativa para mantener a la musa musculada y feliz. La temática quedó recogida bajo el título «Los Reyes del Infierno» y proponía escribir un relato de mínimo 1000 palabras, perteneciente al género de terror, horror, suspense… que estuviera relacionado con el mundo de la demonología cabalística. Me comprometí a recopilar esos relatos en una pequeña antología ilustrada para Wattpad. He decidido que voy a ir compartiendo los relatos en mi web y una vez se publiquen, los iré subiendo juntos a Wattpad bajo el título «Los Reyes del Infierno».
No publico «Magister» primero por ser de mi autoría, sino porque es el primero para el que realicé las ilustraciones y por lo tanto, el primero en estar disponible para ser publicado. Ya tengo en mi disposición un maravilloso relato de la escritora Leire Mauleón que pronto prepararé para publicar en el blog con sus correspondientes ilustraciones. Más adelante lo subiré a Wattpad para el disfrute del mayor número posible de lectores de esa plataforma. Espero con sinceridad que os guste y aunque ya hemos superado esa fecha del calendario en la que nos gusta arrebujarnos con una mantita a leer una buena historia de terror, creo que nunca es mal momento para disfrutar de estos relatos que han nacido precisamente fruto de esas fechas en las que el misterio, la oscuridad y la muerte nos son tan cercanos.
«MAGISTER» (2022)
“La soledad es peligrosa: cuando estamos solos mucho tiempo, poblamos nuestro espíritu de fantasmas.”
Guy de Maupassant
***
Sra. Agnès Robledo Soler
Sant Gervasi 4
Barcelona
30 de octubre de 1901
Querida prima Agnès:
Te escribo desde el mismísimo Pont Saint Michel, en la maravillosa ciudad de Toulouse. Se han caído todas las hojas de los árboles y las calles huelen a violetas y a tierra mojada. A veces daría lo que fuera por enseñarte las rosadas calles de ladrillo, sus fachadas recorridas por la hiedra y el precioso palacio de Assézat. Eric me ha instado en varias ocasiones a que te invite, ¿te apetecería venir unas semanas? Bruno está ya hecho un hombre y te da las gracias por la medallita de la Virgen de Montserrat que nos enviaste por su cumpleaños. Es un precioso francés de pelo rizado y mirada risueña.
Con respecto a las jornadas benéficas de Can Tusquets… ¡qué no daría por estar allí! El trabajo de Eric nos impide desplazarnos la gran mayoría del año. Me encantaría poder ver con mis propios ojos la labor que haces a diario. Es sin duda, encomiable. De hecho, lo he leído varias veces en el Diario Catalán que nos llega por correspondencia. Tus padres estarían muy orgullosos Agnès y estoy segura de que esos niños son ahora como una familia para ti.
Respondiendo a tu última pregunta, todos estamos bien de salud gracias a Dios. Espero que el Señor te guarde a ti también para que puedas seguir cuidando de los que más te necesitan. Muchos recuerdos, prima. Te extrañamos.
Firmado
Catalina Tapia Ferrer
***
—Elisa, tráigame por favor el vestido de mañana y una taza de café —indicó la señora tras levantar la mirada de la misiva.
Su interlocutora, que en aquel momento adecentaba las sábanas limpias, asintió con un rápido gesto y se marchó con diligencia. La puerta se cerró tras de ella y un silencio sepulcral se apoderó de la habitación. Las figuras de porcelana que padre le regaló cuando era una niña se disponían en un orden escrupuloso sobre las repisas de su dormitorio. Los elefantes, las tiernas pastoras y los gatitos en cestas no habían acumulado ni una mota de polvo. La distribución de su dormitorio no había cambiado ni un palmo de la que tenía cuando sus padres aún estaban con vida. De su pérdida ya habían pasado más de cuarenta años y aquella habitación aún continuaba como detenida en el tiempo.
Las estaciones se habían sucedido, los parientes cercanos fueron falleciendo con el inexorable paso del tiempo y sus amigas más fieles fueron contrayendo nupcias y creando su propia familia. Sobre su escritorio siempre imperturbables los libros de cuentas heredados de su padre, dietarios con interminables citas y alguna que otra novela con la que entretener las largas horas en la casa familiar de los Robledo-Soler.
―Señora Agnès, aquí tiene su café. Enseguida le traigo el vestido para que se lo pruebe. ―Elisa colocó la bandeja sobre la mesita de té y se apresuró de nuevo a abandonar la habitación.
―¿Por qué no llamas a la maldita puerta antes de entrar Elisa? No cuesta nada, y podría haber estado indispuesta.―El tono difirió mucho del que usó para formular su petición con anterioridad. Era como si aquel tono lacerante y glacial perteneciese a otra persona.
―Lo siento, señora. ―Tras excusarse en el umbral de la puerta agachó la cabeza y cerró tras de sí.
Agnès posó las manos sobre su vetusto escritorio de caoba y estiró los dedos. La enfermedad de su madre ya era patente en ella. Jamás pudo presenciar la senectud de Rosario Soler, pero los deformados huesos de los dedos ya asomaban crueles y sinuosos cuando le dio la mano por última vez. Era un día soleado de verano, las chicharras entonaban su cántico vespertino y su padre había cargado las maletas en el coche. “Tan solo será una semana y estarás al cuidado de tu tía Julia, vendrá tu prima Catalina con ella y podréis ir a la playa.” aseguró su madre antes de darle un último beso.
Dos golpes en la puerta anunciaron esta vez la llegada de la sirvienta, separándola de sus dolorosas memorias.
―Está recién planchado, señora ―aseguró Elisa dejándolo con primoroso cuidado sobre la cama ―. Seguro que le está como un guante.
―Gracias, Elisa.
Agnès se desvistió en el momento en el que Elisa cerró la puerta. Dejó la ropa en el perchero y descubrió su cuerpo desnudo ante el espejo de pie. Su cuerpo, aunque aún esbelto y magro, había perdido la tersura y consistencia de la juventud. Sus pechos, otrora turgentes y firmes, ahora sufrían el efecto de la gravedad y sus caderas y glúteos parecían estar cubiertos por una capa de grasa globular. Sin haber dado a luz a hijo ninguno, el rastro de la senectud ya comenzaba a hacerse evidente. El tacto de la seda le resultó agradable, y el delicado vestido color vino era de exquisito gusto. Se colocó frente al tocador y retirando su cabello dorado añadió un poco de color a su mortecino tono, un poco de carmín a sus labios y roció de perfume su cuello. Aún había belleza en ella, se decía para sí misma mientras se contemplaba en el reflejo del tocador. Aún tenía tiempo…

***
Can Tusquets nunca fue un emplazamiento de la burguesía catalana, pero el trabajo realizado por Agnès y las religiosas de la orden de San José había causado sensación entre los invitados. La masía había sido decorada con multitud de flores blancas que perfumaban los jardines y patios, las botellas de buen vino de Montsant se servían sin remilgos y una banda local amenizaba la velada. Los niños, engalanados con su vestido de los domingos, contemplaban boquiabiertos a los acaudalados visitantes, los cuales les devolvían miradas de lástima y gestos de velada condescendencia.
Agnès, que colocaba una corona de flores en la entrada al salón principal, fue abordada por un grupo de empresarios de la ciudad condal.
―¡Agnès! ¡Pero qué alegría verte de nuevo! ―exclamó una voz femenina de timbre agudo y algo rimbombante.
Levantó la mirada de los adornos florales y con cuidado bajó de la silla para encontrarse con su interlocutora. Se trataba de Sandra Siller, una antigua compañera de la escuela y amiga de la infancia de Agnés. Se había casado con el dueño de Can Batlló, la competencia de su padre en la industria algodonera.
―¿Qué tal, Sandra? Te veo estupenda.
Las mujeres se abrazaron ante la mirada atenta del grupo de burgueses y de los niños repeinados.
―La verdad es que yo también a ti, querida. Es increíble el trabajo que has hecho con esta… casa de beneficencia ―sentenció la elegante mujer. Agnès sonrió sacando pecho e irguiendo ligeramente la cabeza ―. Por otro lado, no me extraña nada. Debe sobrarte el tiempo sin críos que atender ni marido a quien torear ―añadió entre risas.
Agnès se tensó, tomó una copa de Montsant de la bandeja que sostenía uno de los mozos que había contratado para la ocasión y tragó su contenido cerrando los ojos.
―Por favor, Sandra ―replicó el marido―. ¿Es que acaso no ves la gran familia que conforma Can Tusquets? ―Alzó su copa al aire, mostrándola a todos los pequeños y hermanas que contemplaban la escena―. Estoy seguro de que Agnés es como una madre para todos estos niños y niñas.
Se produjo un brindis improvisado en honor a la organizadora, un fuerte aplauso dio paso a un estrecho silencio en el que la banda preparaba sus partituras para comenzar una alegre tonadilla.
―¡Esa mujer no es mi madre! ―gruño un infante de no más de nueve años. Enseguida fue interceptado por una mujer de hábito religioso―. ¡Solo nos trae pan dur…! ―Sus palabras enseguida fueron interrumpidas por la mano implacable de la hermana, que con rostro sonriente lo retiró del patio principal.
―Niños… Si no fuera por la señora Robledo este lugar estaría perdido ―declaró un hombre de ropa oscura y alzacuellos―. Sus donaciones son imprescindibles para mantenernos a flote. Es más, conocedor del evento que la señora Robledo estaba organizando y en agradecimiento por su trabajo, la diócesis ha logrado contactar con un artista invitado. Se trata de un pintor argelino bastante popular, el total de la venta de sus obras será destinado a mejorar este orfanato y la calidad de vida de estos pequeños.

El sacerdote dirigió a los invitados al gran salón de la masía, su anuncio fue seguido de aún más aplausos y comentarios aduladores. Agnès clavó su mirada en la de Sandra, su sonrisa se le antojó similar a las fauces ensanchadas de una serpiente a punto de devorar a su presa. Terminada su segunda copa de vino, tomó una tercera de otra bandeja servida con celeridad. Agarrándose al brazo del párroco, irrumpió en el gran salón el cual también había sido engalanado para la ocasión.
A pesar de que ella siempre se había considerado una mujer de mundo, la contemplación de lo que había expuesto en el salón de Can Tusquets le dio un vuelco al corazón. Aquellos colores, formas exquisitas y composiciones exóticas tomaron por sorpresa a la filántropa.
―Damas y caballeros, ¡la obra del prestigioso Amir Belaid! ―presentó con entusiasmo el religioso.
Se trataba de un joven que debería encontrarse en sus treinta, su semblante severo se encontraba en contraposición a sus cálidos y grandes ojos negros. Una brillante y ondulada cabellera oscura le caía sobre los hombros de un modo extravagante para los formalismos del lugar. De nariz romana y piel atezada, sus labios eran carnosos y quedaban enmarcados por un medido y cuidado vello facial.
No tardaron en aparecer admiradores del arte del argelino. Tras estrechar una fila de fervientes manos y apalabrar cuadros que ni siquiera se mostraban en aquel momento, Agnès se detuvo interesada en un ejemplar en marco dorado. Se trataba de un enigmático lienzo, de texturas delicadas pero de tonos oscuros imbuidos de ocre.
―Éste es uno de mis favoritos ―le indicó a la principal benefactora de Can Tusquets.
Agnés contempló la escena. No se trataba de una composición bucólica, tampoco de ninguna cotidianidad o un paisaje como el resto de presentes habían adquirido. Se había interesado por una particular escena de un gato blanco de anormal tamaño y mirada dotada de una humanidad inquietante. Sobre la cabeza del animal reposaba una corona de oro bruñido. Bajo el animal rezaban las palabras en latín “Magister”. Agnès no cesaba en su contemplación, el irrealismo y al mismo tiempo los tonos casi habían conseguido hacerla desconectar del evento benéfico, del resto de las personas, de Sandra… Era como si ese “Magister”, una especie de animal inteligente, hubiera establecido una conexión con ella, profunda e insondable.
―Es extraño pero… ¿podría ser que haya visto este cuadro antes? ―inquirió Agnès.
―Como puede ver señora, la pintura es fresca ―declaró acercándose a su interlocutora―. El aroma de las mezclas…¿puede olerlo? ―El artista se acercó aún más y posó una de sus manos sobre el hombro de la interesada―. Hace tan solo un par de días que conseguí terminarlo. Mire estos tonos dorados, la mirada del ser… ―El pintor deslizaba sus dedos meticuloso a escasos centímetros de los trazos, describiendo otros gestos imaginarios con sus alargados y gráciles dedos.―. ¡Oh! Disculpe, señora. De seguro la estoy importunando con mis divagaciones.
―No se preocupe… ―contestó Agnès como saliendo de un intenso trance producto del embriagador acento de su interlocutor―. Quisiera adquirirlo.
Los ojos del pintor eran como dos negros vacíos que parecieron abrirse aún más con la buena disposición de la acaudalada mujer. Agnés, como obedeciendo a una entidad superior, presa del magnetismo exótico del pintor, sonrió abriendo su billetera.

***
Catalina Tapia Ferrer
Grand Ramier, 21
St. Michel, Toulouse
20 de diciembre de 1901
Querida Catalina:
Disculpa que la frecuencia de mis misivas se haya visto drásticamente reducida los últimos meses, la verdad es que no me he percatado hasta el día de hoy. Vivo como en una nube… Catalina, ¡soy tan feliz! Mi dicha acude tarde pero jamás pensé que pudiera encontrar a una persona así. Siempre pensé que moriría sola en la casa de mis padres rodeada de recuerdos vacíos y parientes de los que ya ni se acuerdan de mí. Estoy prometida. A mi edad, peinando canas y sin haber conocido hombre ni enviudado nunca.
Su nombre es Amir, y se trata de un pintor bastante popular ahora en Barcelona. Jamás he conocido mano terrena capaz de captar la vida y el movimiento como él lo hace. Por si su talento fuera poco, es un hombre encantador. Me trata con respeto, es cuidadoso y atento. Sé que no tiene grandes posesiones, de hecho, más allá de su talento es un hombre muy humilde sin herencia ni dividendos. Lo sé, piensas que está conmigo por mi dinero, ¿verdad?
¿Sabes? Al principio me ponía un poco la piel de gallina pero termina mis frases antes de que siquiera pueda pensarlas y conoce mis aficiones y gustos a la perfección. Es, como si ya nos conociéramos de otra vida, ¡qué locura! Estarás pensando que mi juicio se está nublando a causa del amor. En ese caso, bendito sea, querida prima. Ahora entiendo qué fue lo que te hizo alejarte de mí y coger ese tren a Francia.
Te mandaré pronto las invitaciones y espero poder presentarte a mi talentoso futuro marido.
Firmado
Agnès Robledo Soler
***
Tan solo semanas tras el enlace, Amir se trasladó al caserón familiar de Robledo. Agnés le había acomodado a su adorado marido la gran buhardilla a modo de estudio de pintura. Todo lujo de lienzos vacíos esperando ser marcados con su talento. Materiales, diversas pinturas, espátulas y herramientas de primera calidad se disponían con excelente pulcritud. La ilusión de Agnès se veía potenciada por la visita de su querida prima Catalina, que aunque no pudo acudir al enlace, ese mismo día acudía con su marido para dar a la pareja la enhorabuena.
―Señora, ya he metido el asado al horno tal y como me indicó ―anunció Elisa irrumpiendo en el dormitorio marital.
―Gracias, Elisa. No olvides de tomar un poco para tu familia ―respondió Agnès con una sonrisa.
Desde las nupcias, la señora de la casa había cambiado su humor por completo. A veces Elisa la descubría tarareando una canción o preparando la ropa de su marido con el mayor de los esmeros. La sirvienta se alegraba de aquel cambio, después de años casi había olvidado cómo era verla feliz.
―¿Sabe si quiere el señor que adecente la sala de pintura? Es la única sala que aún no he limpiado para las visitas. Quizás quiera usted enseñar los cuadros del artista de la casa…
―Amir no desea ser molestado. Procura no entrar en esa habitación Elisa ―concluyó la señora. Por un momento, el dulcificado gesto de Agnès se transformó en la sombra de un temor que abrió sus ojos algo desencajados y perdió su mirada en el horizonte.
―¿Se encuentra bien, señora?
―No podría estar mejor, querida ―contestó Agnès sonriente, con un gesto perdido aún en el semblante.
Elisa anunció la visita y para entonces la feliz pareja se encontraba sentada en uno de los divanes del salón principal. Parecían estar posando para uno de los cuadros del artista, sonrientes, con las manos entrelazadas y murmurando el uno en los oídos del otro. Cualquier comentario del argelino desencadenaba en Agnès una deslumbrante sonrisa. Ella le miraba embelesada, como si fuera el cuadro que en su día procuró el emparejamiento.
―¡Querida prima! ¡Estás flamante! Casi pareces haber rejuvenecido…
Aquellas fueron las primeras palabras que pronunció Catalina al reencontrarse con su prima tras años de separación. Su marido, Eric, estrechó cortésmente la mano del argelino y su mirada fue enseguida a encontrarse con el cuadro que presidía la gran sala. El gato coronado de profunda mirada vigilaba la estancia.
―Ciertamente es sorprendente, señor. Tiene usted un talento increíble… Ese gato parece estar matándome con la mirada. ―aseveró Eric.
El artista hizo una inclinación de cabeza en gesto agradecido y tomó las manos de su esposa entre las suyas.
―Tengo la fortuna de contar con la más talentosa de todas las musas.
―Ya será menos, querido ―replicó la reciente esposa con rubor en las mejillas.
Las parejas se sentaron en el ornamentado salón, Elisa sirvió unos entremeses y la conversación fluyó entre carcajadas y viejas anécdotas de las dos mujeres.
―Entonces Catalina se empeñó en que cogiera los guantes de madre a pesar de que me había reiterado que era lo u…―Agnès cesó en el relato, deteniéndose en pie en el centro del salón con los ojos perdidos, ensimismados en el cuadro oscuro y ocre.

―A pesar de que me había reiterado…―recondujo Enric.
―Te has pasado con el vino, prima ―aseveró Catalina en un tono cómico.
Sin embargo, el comentario jocoso no devolvió a Agnès de su ensoñación. Sin pestañear, volvió a sentarse asiéndose de la mano de su marido.
―Tengo… tengo algo que deciros ―acertó a comunicar la obnubilada llevándose la mano al vientre. Sus labios dibujaron una sonrisa desencajada. El gesto ido de Agnés, era una nota disonante en el ambiente que hizo que Catalina y Eric se tomaran de las manos por instinto―. Amir y yo…―Las llamas de la chimenea crepitaron con fuerza―. Amir y yo estamos esperando un bebé.
El silencio sepultó la estancia. Catalina miró a su marido buscando una respuesta que no podía darle. La mera idea de que Agnès estuviera embarazada era de una probabilidad harto escasa y de unas consecuencias dramáticas. Agnès era demasiado mayor para estar en estado. Amir contemplaba a su esposa con una sonrisa radiante, le acariciaba el vientre y ambos se mecían al son de una díscola canción que tan solo ellos podían escuchar.
***
Sra. Agnès Robledo Soler
Sant Gervasi 4
Barcelona
23 de marzo de 1902
Querida Agnès:
Me alegré mucho de verte en mi última visita, pero he de reconocer que no volver a tener noticias tuyas… me ha dejado algo intranquila. No soy quien para cuestionar tu felicidad pero te encontré algo extraña. Es cierto que llevamos tiempo sin vernos pero, quiero que sepas que puedes confiar en mí para contarme lo que necesites y si puedo ayudarte con algo que esté en mi mano no dudes que lo haré.
¿Qué tal estás de salud? Espero que la espera esté siendo dulce y que pronto tengamos a un nuevo miembro de la familia.
Firmado
Catalina Tapia Ferrer
***
Sra. Agnès Robledo Soler
Sant Gervasi 4
Barcelona
17 de junio de 1902
Querida prima:
¿Estás a disgusto conmigo? ¿Es por haberte dicho que te notaba diferente? Por favor, ruego que no me malinterpretes. Tan solo tengo miedo de que algo malo te ocurra, no sé explicarte por qué pero tengo una extraña sensación desde que visité tu casa. Necesito saber que estás bien.
Catalina Tapia Ferrer
***
El viento mecía las ramas de los árboles a su capricho. La luz de los rayos iluminaba las grandes estancias de la residencia Robledo y las hojas secas penetraban en los abiertos ventanales de las dependencias de Agnès. Un aullido descompuesto despertó a Elisa de su sueño. Hacía ya unas semanas que se escuchaban ruidos extraños provenientes del estudio del señor Amir, sabía que era tan solo un lugar en el que dedicarse a su arte, pero lo cierto es que el estudio ponía el vello de punta a la sirvienta. Tomando un candil e incapaz de volver a conciliar el sueño, decidió descubrir el origen de aquel quejido. La señora podría encontrarse mal, su salud se había visto muy mermada en los últimos días a causa de su estado. Haciendo acopio de valor, subió las escaleras hacia la buhardilla, dejando las zapatillas para no hacer ruido. A pesar de que el señor resultaba siempre encantador, había algo en él que la hacía sentirse intranquila.
El crujir de la madera, el poderoso viento y los truenos aumentaban la velocidad a la que bombeaba su corazón. Le pareció escuchar susurros en el aire pero se trataba de una lengua extraña, incomprensible. Aquello le heló la sangre. ¿Había alguien más en la casa? Sentía una presencia desconocida, poderosa y estremecedora. Estaba cerca. Resistiéndose a detenerse y casi percibiendo violar algún tipo de extraña propiedad, Elisa se asomó al descansillo de la buhardilla. La puerta estaba abierta de par en par y el viento penetraba en la estancia llevándose esbozos del artista y meciéndolos sin piedad a lo ancho de las dependencias de la habitación. El estudio estaba iluminado por multitud de velas, era la primera vez que Elisa vislumbraba el interior de aquel lugar. Un crujido la hizo retroceder, se trataba de una de las hojas de Amir que mecida por el viento se detuvo justo en el suelo frente a ella.
Se trataba de una pintura escalofriante, no había rastro de los dorados tonos que marcaban el estilo del argelino. Anárquicos trazos en negro representaban a un hombre con alas de ángel pero con un rostro malévolo, con una risa execrable y una mirada cruel. Bajo el boceto podía leerse la palabra “Rey Bael”. Elisa avanzó silenciosa, el miedo casi la paralizaba, sin embargo, una mezcla de curiosidad y desasosiego le impidieron marcharse de allí sin conocer la naturaleza del trabajo de Amir. Quizás su señora debería enterarse a lo que se dedicaba su marido. Después de todo, quizás no era oro todo lo que parecía relucir. Un paso más y tendría una visión completa del estudio del señor. Un rayo fugaz iluminó la oscura estancia, las mortecinas llamas estaban casi extintas.

Amir se encontraba arrodillado frente a una especie de altar velado con una corona de oro. No solo había lienzos y papeles pintados decorando la estancia, sino que en las paredes había escrituras en un idioma inteligible y el croado de sapos la sobresaltaron. Había demasiados rodeando al señor. Era como si se estuvieran alimentando de él, succionaban lascivamente sus dedos y su piel desnuda a la luz de la tormenta. Un estruendoso trueno le hizo dar un respingo, Amir se volvió. Su mirada negra cual abismo parecía la de una criatura monstruosa, no había nada humano ni natural en él, tan solo la fría y baldía oscuridad. De nuevo un grito desencajado. Era Agnès.
Elisa corrió escalera abajo temerosa de que Amir tomase represalias a su falta de discreción. Su señor se había vuelto completamente loco, debía informar a Agnès. Abrió la puerta sin obtener primero el permiso y se sorprendió al ver tendida sobre la cama a su señora con un rictus de dolor insufrible.
―¡Ya viene, Elisa! ¡Es el bebé! ¡Ya viene!
Con velocidad tomó una palangana de agua caliente, unas toallas y una tijera afilada. Dispuso todos los materiales y le dio la mano a Agnès. No era la primera vez que atendía un parto. Ella misma atendió el de su señora cuando tan solo era un bebé. Traería al mundo a otro Robledo en plena salud y rojo de llanto.
―¡Empuje, señora! ¡Empuje! ¡Ya se ve la cabeza!
Los gritos desencajados de Agnès no despertaron la curiosidad de su turbado marido. La mujer luchó, sudó, lloró y mordiéndose los labios de dolor vio nacer a la criatura ante el gesto de incredulidad de Elisa. Las sábanas teñidas de rojo dieron cobijo a la criatura. Elisa, acunándolo con dulzura y tras limpiarlo con meticulosidad, lo dejó sobre el pecho de su madre.
Agnès, agotada tras la labor del parto, tomó a su hijo.
―Es una hembra, señora.
Agnès se incorporó, inspiró profundamente y colocó a su pequeña frente a ella. Por un instante, el gesto de agotamiento desapareció. Sus ojos se abrieron de nuevo desorientados, apretó con fuerza a la niña. El pulso de las manos le temblaba.
―¡Es una hija del demonio! ¡No es una niña! ¡Es una araña!―Agnès comenzó a gritar maldiciones, escupió saliva de la boca mientras sujetaba el cuerpo de la criatura que había roto a llorar desconsoladamente―. ¡Esto no es mi hija!
―Tranquilícese señora, ha sido difícil ahora tiene que relajarse.
No dio tiempo a que Elisa tomara al bebé entre sus manos cuando Agnès se levantó de la cama como movida por una energía desconocida. Tomo a la pequeña de las piernas. Un grito histérico resonó en la habitación. Con fuerza y ante la conmocionada mirada de la sirvienta, Agnès golpeó con todas sus fuerzas al bebé contra la pared, como si de un almohadón se tratase. Un crujido sordo silenció el llanto, pero no frenó la mano de Agnés, que arremetió sin piedad contra el cuerpo de su recién nacida repetidas veces, hasta que la sangre, las vísceras y todo lo que conformaba a la pequeña, se esparció en el papel pintado de la habitación.
―¡Una araña! ¡Es un demonio! ―exclamó entre llantos dementes contemplando el amasijo de carne exangüe que había dejado caer al suelo.
***
Era una tarde del mes de octubre, vísperas de todos los santos, cuando Elisa reunió el aplomo suficiente para ir a visitar la tumba de su señora. Había pasado casi un año desde que la desgracia recayó sobre aquella familia y aún le costaba procesar las escenas que cada día rezaba al Señor que borrase de su memoria. Aferrada al rosario y dando pequeños pasos se aproximó al nicho sepultado de hojarasca seca y húmedo a causa de las lluvias.
―Señora, le he traído flores blancas. Sé que le gustaban.

Junto a la lápida de la difunta, se encontraban las de los padres. Parecía que tan solo habían pasado un par de años desde que sujetando la manita de Agnès venía a traer las mismas flores blancas a su mamá el día de su cumpleaños. Elisa no tuvo hijos, lo más parecido a una se la había arrebatado Dios en un manicomio hace tan solo unos meses. Agnès se quitó la vida entre febriles testimonios sobre una criatura que se lo había quitado todo. Decía que se habían apoderado de su cuerpo y de su mente y que lo único que podía hacer era terminar con su vida de una vez por todas. Hablaba de que su marido se comunicaba con un demonio a través de sus cuadros, un demonio que según ella, se llamaba Bael. El psiquiatra certificó la muerte como un suicidio a causa de una crisis de histeria.
El crujir de las hojas despertó a Elisa de sus profundas cavilaciones, de tan dolorosas memorias. Una fría brisa erizó la piel de su cuello. Volvió la vista a su retaguardia y distinguió la figura de un hombre dibujada entre las lápidas y estatuas del camposanto. Su cabello oscuro caía en una melena brillante sobre un elegante traje color crema. El viudo de Robledo y poseedor de todas sus propiedades sonrió con descaro a la anciana, como jactándose de la más horrible y lucrativa de todas sus obras.